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No somos piratas, somos gorrones

No somos piratas, somos gorrones

By MostazaMusic

Chris Ruen (Milwaukee, 1981), estaba trabajando como camarero en una cafetería "hipster" en Brooklyn cuando se dio cuenta de un hecho curioso. A pesar de su suelducho, su situación económica era mejor que la de los grupos de supuesto éxito internacional (Vampire Weekend, TV on the radio, MGMT) que merodeaban por el local. Como tantos otros de su generación, su consumo de música se había sustentado sobre la piratería digital, descargas de archivos a través de Napster, Audiogalaxy y cualquier otro servicio que ocupase su hueco. Así que empezó a investigar y se dio cuenta de la conexión entre las escenas de la cafetería y su forma de relacionarse con la música, que hasta ese momento consideraba perfecta: una forma de conocer grupos y compositores como nunca antes se había visto en la historia de la humanidad.

De aquella investigación nació #Gorrones, un ensayo que ahora publica en España Ediciones Quinto 20 y que fue presentado este jueves por la Coalición de Creadores en la sede de la Asociación de la Prensa de Madrid. Un espacio apropiado, en cuanto Ruen arranca su libro estableciendo una comparación entre la actual crisis de los medios de comunicación y la crisis del sector musical, dañados ambos por el hábito de no pagar por noticias o canciones "que se pueden encontrar gratis en otro lado", según repite quien esquiva el pasar por caja.

El análisis de Ruen ha merecido el aplauso de David Byrne, fundador de Talking Heads y autor de otro de los ensayos para entender el arte sonoro en este comienzo de siglo: Cómo funciona la música. "Ruen se dio cuenta", defiende Byrne, "de que el gorroneo no era algo de lo que sólo se quejaban artistas famosos y discográficas: afectaba directamente al potencial y a la longevidad de bandas locales que él amaba".

El análisis de Ruen se sale de lo que viene siendo el discurso tradicional antipiratería, y analiza las causas del mismo, se detiene en factores como el matonismo que impera en internet gracias al anonimato y en el miedo que tienen buena parte de los afectados a enervar a esa masa informe y desconocida que se conoce como "los internautas". Por esto mismo, el autor no despierta excesivas simpatías ni entre los defensores habituales de los derechos de autor ni entre los gurús de la autodenominada "cultura libre" y el copyleft.

"Quería encontrar un lugar en mitad del debate. He llegado a esto desde fuera; no pertenezco en absoluto a la industria musical, sino que entré como escritor y, sobre todo, como fan de la música que tuvo la oportunidad de conocer a muchos grupos que, en su momento, captaban la atención. Pero está bien estar en el medio, porque el hacer el libro ha sido enormemente educativo para mí. Me di cuenta de que había un gran espacio en mitad de los dos polos, que son los que suelen aparecer cuando se plantea un asunto conflictivo como éste, al que no se había dirigido nadie todavía", explica Ruen.

"Están los ideólogos de la 'cultura libre', que dicen que todo debería ser gratis y que es la manera de llegar a la utopía. Pero también hay mucha gente que, sin estar necesariamente de acuerdo con ese discurso, se siguen descargando música, películas y libros porque es fácil hacerlo y porque no había nadie que les dijese que no podían hacerlo", relata. "Por otra parte, la industria musical no ha hecho para nada un buen trabajo, ni los músicos se han organizado, ni las leyes que se han formulado al respecto en EEUU, como la SOPA [Stop online piracy act, o Acta de cese a la piratería en línea], han servido para mucho".

"Me siento orgulloso de haber intentado desmontar algunas de las ideas comúnmente asumidas sobre este asunto", proclama Ruen, y habla, sobre todo, de la falacia de los altos propósitos y nobles ideales que habría detrás del hecho de compartir productos culturales a través de internet.

Para Ruen, todo tiene también una vertiente lingüística, en la que la imagen de "piratas", con todo su carga romántica y activista, no tiene tanto que ver con la realidad como la de "gorrones" que nos saltamos los límites por pura desidia. Y ahí es donde aparece el subtítulo del libro: "De cómo nuestro insaciable apetito de contenidos gratis en internet empobrece la creatividad".

Ruen se plantea el problema desde el realismo. "Puedo intentar hacer una lista de las cosas que se podrían hacer, las leyes que los gobiernos podrían desarrollar o los comportamientos que podrían cambiar y lo más seguro es que, aunque todo ello se materializase, el problema seguiría ahí", visualiza. "Por eso no creo en un pensamiento idealista que ofrezca una solución última y definitiva. Pero sí que veo posibilidades para marginar a la piratería. Y creo que esto es posible desde un enfoque social", dice sobre la utilidad de su ensayo.

Eso no significa que haya que prescindir totalmente de medidas coercitivas, aunque éstas no deben ir en solitario. "En EEUU todavía no hay un aparato legal para bloquear las páginas web que facilitan el acceso a contenidos protegidos por los derechos de autor", explica Ruen. "Tenemos la Digital Millenium Copyright Act, que no funciona en absoluto, es una broma. Por eso creo que hay que mirar las oportunidades que hay en tu país, ya se trate de España o de cualquier otro, para comunicar lo que está realmente sucediendo".

La falacia de la guerra contra la industria

La cuestión es, según él, la revolución mental interior que él y otros muchos han experimentado. "Vamos por la vida con un montón de asunciones y no nos paramos a examinarlas. Es verdad que ésa es una de las claves para ir funcionando en el día a día. Pero en mi caso, el cambio de actitud hacia todas esas cosas que se dan por hechas fue debido a que la música es realmente importante para mí", resume. "Y sí, cuando empiezas a hablar contra la piratería, tienes la sensación de que estás yendo contra la gente. Tu primer sentimiento es que estás uniendo fuerzas con los 'malos'".

"Me sigo preguntando de dónde vino esa idea de que tenía en la cabeza de que todos los creadores eran ricos", confiesa luego sobre sus pecados de juventud. "Me autoengañaba pensando que, al menos, estaba del lado de los músicos y artistas, de la creatividad, no del de la industria. Pero esto no es una guerra de la industria contra la gente; esto va de creatividad y creadores. Y de la música que tanto significa para ti". Por eso, ahora se puede decir que Ruen está "del lado de la industria, pues, en cierta forma, la estoy nutriendo de argumentos en su lucha contra la piratería".

Dentro de ese argumentario, para él "y para cualquiera que quiera marcar una diferencia, el reto es tratar de disociar la antipiratería y la idea del copyright de estas grandes industrias culturales. Porque, al final, el copyright viene de los músicos y del resto de creadores, y es algo estupendo. No es perfecto, pero haciendo el libro me di cuenta de cuán importante fue el momento de su implantación. Porque podía no haber sucedido y todavía seguiríamos fastidiando a los artistas, como en el siglo XVIII".

Pero, por otra de las falacias del discurso, el derecho de autor pasó de tener una carga progresista a convertirse en algo reaccionario. "Cuando todo esto empezó, era realmente excitante: Internet, Napster... Era algo... mágico, incluso", recuerda el estudioso. "Y existía la inclinación a querer ponerse del lado del futuro, del progreso, de lo nuevo. Los músicos no querían enseñar el puño al 'chico nuevo del barrio' ni tampoco los periodistas. Y entre eso, y que era fácil no pensar en cómo serían las consecuencias...".

Otra trampa sería, según él, que "no nos sentimos a gusto con lo de cambiar de opinión en público". Es muy complicado, sostiene. "De todos modos, no creo que la gente que esté en contra del copyright, como Cory Doctorow, sean completamente cínicos. Parece que realmente creen que se trata de algo malo, aunque no sé de dónde sacan las evidencias para ello". Y más allá, los políticos, que "siempre tienen miedo de caer del lado erróneo para la opinión pública".

Y para desmontar un último argumento, Ruen hace referencia a ese que dice "que el copyright puede usarse para recortar la libertad de expresión", cuando "de lo que estamos hablando es de creadores, de gente que está precisamente en primera línea de la lucha por esa libertad. Es una fantasía paranoica". Podemos seguir mirando para otro lado, "podemos seguir consumiendo por la cara, pero es una decisión que, a medio-largo plazo, no va a traer ningún beneficio", remata.

Fuente: elmundo.es

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